Señor ¡dame paciencia!

Como docentes, ¿cuántas veces hemos podido decir en algunas de nuestras clases?: "Señor, ¡dame paciencia! Pero, dámela, ¡YA!"

Quizás muchos de vosotros os sintáis identificados con esta expresión y penséis: "pues unas cuantas" o "más de las que me gustaría"  o "paciencia, ¿qué es eso?" Pues bien, cuando uno se dedica a la docencia una de las cosas importantes a desarrollar, sin duda, es la paciencia. Y, para vuestra información, os diré que es fácil de obtener, así que no será necesario que pongáis velas a ningún Santo ni roguéis al Señor para que la mande vía ICloud. Simplemente es necesario leer el siguiente artículo y, por supuesto: practicar, practicar, practicar. 

   Para comenzar a hablar sobre este tema, quise saber qué definición daba la RAE al término paciencia, esto es lo que dice: 

  1. Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse.
  2. Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho.

Para mi, la paciencia, es tener la capacidad de poder comprender las necesidades que posee -en nuestro caso- el alumno con el que estamos trabajando, permitiéndole que desarrolle su habilidad al ritmo que precise (sin importar la velocidad) o tratando de comprender qué hay detrás de su comportamiento. 

Cuando la perdemos, se debe (principalmente) a que nuestras necesidades como docentes no se encuentran cubiertas. Por ejemplo: la necesidad de eficacia, la necesidad de eficiencia en su estudio (tiempo, organización, repeticiones marcadas…), la necesidad de silencio durante las explicaciones, la necesidad de atención, la necesidad de belleza/estética/creatividad (afinación, sonido, interpretación)...

Podríamos nombrar muchas más para darnos cuenta de que, el hecho de que todas estas necesiten ser cubiertas, hacen que podamos perder los nervios en un determinado momento o simplemente dictaminar que el alumno que tenemos delante no sirve o no está preparado para esto. 

Las necesidades no cubiertas, por ejemplo, la necesidad de eficacia y eficiencia provocan en nosotros una inestabilidad que hace que queramos que el proceso de enseñanza-aprendizaje se acelere más de lo que el alumno podría soportar o estar dispuesto a realizar o necesitar.

Por otro lado es importante destacar que, si bien nosotros poseemos unas necesidades, los alumnos también poseen las suyas (por supuesto), las cuáles hay que tenerlas en cuenta. Algunas de sus necesidades podrían ser: la necesidad de autoestima, de reconocimiento, de respeto del propio ritmo, la necesidad de juego/diversión, la necesidad de conexión, de aceptación...

Todas estas son necesidades que poseemos nosotros mismos como adultos y que, por supuesto, hemos tenido también siendo niños. Lo que quiero decir con esto es que, observando estas necesidades, nos puede resultar más sencillo poder ponernos en el lugar del alumno y comprender lo que le puede estar sucediendo.

Ahora bien, la cuestión es: para que podamos cubrir nuestras necesidades, ¿qué precisamos? Las respuestas podrían ser: “que el alumno estudie más”, “que posea más disciplina”, “que sepa guardar silencio”, “que esté atento durante la explicación”... Como veis son respuestas cuya acción se centra en el alumno y en la responsabilidad para cubrir nuestras necesidades. 

Pongámonos en los zapatos de un alumno (elige tu mismo la edad) y visualízate en el duro trabajo de tener que cubrir las necesidades de tu profesor, cuando tus propias necesidades son otras bien distintas y sientes que las tuyas no han sido tenidas en cuenta. ¿Cuál sería tu reacción o tu comportamiento? Tratando de cubrir las necesidades de tu profesor ¿estás cubriendo o cuidando las tuyas? ¿Qué te sucede cuando tus necesidades no están siendo tenidas en cuenta?

El tema es que nadie tiene la responsabilidad de cubrir nuestras necesidades y que somos nosotros mismos los que trataremos de cubrirlas -en la medida en la que podamos- buscando las mejores estrategias que estén a nuestro alcance y que hagan que generen, en nosotros y en quienes nos rodean, bienestar. Otra cosa bien distinta, es cuando alguien, por el simple hecho de colaborar o tener la necesidad de contribuir nos ayuda a cubrirlas desinteresadamente. 

Llegado este caso, yo -como docente- me preguntaría: “Si, claro. Pero si mi alumno no guarda silencio o está atento cuando le explico, ¿Qué hago?, ¿Dejo que haga lo que le da la gana? 

Ahí entran las herramientas de comunicación con ellos. Un niño, por su naturaleza, tiene la predisposición de colaborar con los adultos (sobre todo cuando son más pequeños). Cuando crecen, esa predisposición natural, (en la mayoría de niños) se va perdiendo por diversos motivos. 

Si las necesidades del niño son cuidadas y tenidas en cuenta, su capacidad de colaboración aumentará  y nuestras necesidades podrán estar cubiertas. Sobre todo cuando observe y compruebe que nos preocuparemos por que eso ocurra. Desde luego ahí, tendríamos al mejor aliado que podríamos desear dentro del aula. Nuestras clases se desarrollarían en un entorno de equilibrio y bienestar gracias al cuidado de las necesidades de todos. 

Cuando perdemos la paciencia (y ahora ya, entendida como necesidad no cubierta) las emociones que nos surgen podrían ser, por ejemplo: nerviosismo, irritabilidad, enfado, frustración…señales inequívocas de que algo sucede con nuestras necesidades. Estas emociones nos sacan de nuestro centro, nos desestabilizan. Volver a nuestro estado de calma depende de la capacidad que tengamos de, primero, conocer nuestras reacciones y nuestras sensaciones físicas, cuando estamos notando que nuestros interruptores emocionales se están empezando a encender. Y segundo sabiendo cómo no dejarnos llevar por ellos. En este caso, algo tan simple como detenernos y respirar profundo varias veces, es la mejor de las estrategias que podemos tener. Las técnicas del mindfulness y la meditación son muy útiles para lograr controlar aquellas reacciones que no favorecen el bienestar personal ni el de las personas que nos rodean. Así mismo practicar la meditación hace que ganemos en presencia, es decir, la capacidad de estar en el momento presente, abiertos a lo que pueda estar sucediendo a nuestro alrededor sin que algo externo nos saque de nuestro centro.